En 2016, el área protegida tenía 2.386 ha de coca sembradas y 1.499 ha de bosque deforestadas.
Históricamente La Macarena ha sido un foco central del conflicto armado colombiano. No solo hizo parte de la zona de despeje que se estableció en el país durante el proceso de negociación entre las Farc y el gobierno de Andrés Pastrana, sino que ahí se hizo fuerte el bloque Oriental, se mantuvo secuestrada por varios años a la excandidata presidencial Ingrid Betancourt y se llevó a cabo la operación Sodoma, en el 2010, que acabó con la vida de Víctor Julio Suárez, alias el ‘Mono Jojoy’.
Durante muchos años fue un pedazo del mapa inaccesible para los investigadores que querían monitorear su biodiversidad. Fue tras la firma de la paz con el grupo guerrillero que la zona le abrió las puertas a la ciencia en un área de gran importancia ambiental por ser punto de encuentro entre los Andes, la Amazonia y la Orinoquia; acorralada por distintas actividades que la ponen en riesgo.
La serranía de La Macarena tiene características tan particulares que fue declarada monumento nacional por su importancia científica y como área de manejo especial (conformada por cuatro parques naturales y tres distritos de manejo integrado) en 1989. Sin embargo, no se conocía su estado.
“La verdad es que el conflicto armado no nos permitía estudiar la zona y tener datos científicos para respaldar la biodiversidad. Era impensable pasar por ciertos lugares porque el orden público era pesado. Ni siquiera podíamos marcar al caimán llanero, una especie amenazada, para definir sus patrones de desplazamiento porque la guerrilla pensaba que era para seguirlos o vigilarlos”, cuenta Iván Darío Escobar, encargado de los temas de posconflicto dentro de la Corporación para el Desarrollo Sostenible del Área de Manejo Especial La Macarena (Cormacarena).
Entre la selva, el agua discurre por pozos, saltos y cascadas donde vive la Macarenia clavigera, la planta acuática que le da los vistosos colores a Caño Cristales durante la época de lluvias. Se trata del sustento económico de cientos de familias que viven de los cerca de 15.000 turistas nacionales e internacionales que cada año visitan este “arcoíris derretido”. El afluente, calcula Escobar, les genera cerca de 900 millones de pesos a la autoridad ambiental y a Parques Nacionales Naturales; y un millón de pesos por persona a los operadores turísticos, que mantienen ocupados entre mayo y noviembre cuando los vistosos colores salen a relucir entre las rocas.
Pese a su importancia, ni los lugareños ni los investigadores sabían lo suficiente sobre esta planta. Por eso Cormacarena y el Instituto Alexander von Humboldt, con la colaboración del Instituto Sinchi y la comunidad, decidieron hacer una alianza para evaluar la biodiversidad del lugar durante cuatro años y formular un plan de manejo.
Hasta el momento se han hecho dos expediciones. En la primera (2016), 21 científicos muestrearon Caño Cristales, otros afluentes del río Guayabero, como el caño Barro y la laguna El Silencio. Incluyeron las zonas adyacentes de bosques de galería, morichales, arbustales, sabanas y ambientes naturales transformados en potreros. Se trata del primer estudio de línea base en campo para conocer qué hay y saber cómo monitorearlo y conservarlo.
Se registraron diez especies amenazadas, dos tortugas (la terecay y el morrocoy), y ocho mamíferos (la danta, el ocarro, el oso palmero, el tigre, la nutria, el perro de agua, la marimba y el choyo).
En la segunda expedición (2018) se estudiaron los ríos Duda, Guayabero y Losada. Allí se hallaron más de 150 especies de peces, cuatro serpientes acuáticas, al menos 50 aves acuáticas, cuatro mamíferos acuáticos, cuatro crocodilidos, cuatro tortugas, cuatro crustáceos, tres moluscos, una esponja y 60 especies de macroinvertebrados acuáticos. Tomada de eltiempo.com
