El presidente del silencio: El misterio de Virgilio Barco y el gobierno a la deriva

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Asesinatos de candidatos presidenciales, coche-bombas del narcoterrorismo en cada esquina y un Estado arrinconado por los extraditables. En medio del periodo más sangriento de la historia moderna de Colombia (1986-1990), el país era timoneado por un mandatario que, según revelaciones posteriores, ya libraba una batalla silenciosa contra el olvido provocado por el mal de Alzheimer.

Gobernar a Colombia a finales de la década de los 80 era una tarea que requería nervios de acero. El cartel de Medellín, liderado por Pablo Escobar, le había declarado una guerra frontal al Estado; la Unión Patriótica sufría un exterminio sistemático y los magnicidios de líderes políticos mantenían al país en un constante estado de luto.

Sin embargo, detrás de las puertas de la Casa de Nariño se escondía otro secreto, uno de naturaleza médica que amenazaba el corazón del poder ejecutivo: el presidente de la República, Virgilio Barco Vargas, estaba perdiendo progresivamente sus facultades mentales.

El enigma del mandatario ausente y el refugio en Córdoba

Elegido en 1986 con una de las votaciones más altas de la historia hasta ese momento, Barco era un ingeniero brillante graduado del MIT, técnico y riguroso. Sin embargo, a medida que avanzaba su cuatrenio, su comportamiento empezó a desconcertar a la opinión pública, pues el presidente aparecía cada vez menos ante los medios y sus discursos se volvieron mecánicos.

Gran parte de esta alarmante ausencia se debía a que el mandatario pasaba periodos cada vez más largos y frecuentes aislado en su hacienda en el departamento de Córdoba. Desde el retiro de esta finca, el presidente pretendía dirigir un país convulsionado, lo que incrementaba en las calles la sensación de una absoluta soledad en el poder y un desgobierno total. «El Barco está a la deriva», decían los rumores de la época ante un jefe de Estado que parecía desconectado de la realidad nacional.

El incidente en Corea: El delirio internacional

Aunque el círculo cercano del presidente intentaba mantener bajo estricta reserva sus baches de memoria, hubo un momento crítico en el que el deterioro cognitivo rompió el cerco diplomático. El episodio ocurrió en septiembre de 1987, durante una visita oficial a Corea del Sur.

Estando en Seúl, Barco sufrió una grave urgencia médica relacionada con una diverticulitis aguda, por lo cual tuvo que ser internado y operado de urgencia en un hospital surcoreano. Más allá de la complejidad de la cirugía, lo verdaderamente alarmante ocurrió durante su convalecencia en el centro médico. Estando internado bajo los efectos de la anestesia y el avance de su enfermedad, el mandatario cayó en un estado de profunda desorientación, llegando a asegurar con firmeza a sus ministros y médicos que no se encontraba en Asia, sino descansando plácidamente en su hacienda en Colombia.

Este delicado cuadro clínico encendió las alarmas de la comitiva, pues dejaba al descubierto que las facultades mentales del gobernante estaban seriamente comprometidas.

El pacto de silencio de los medios ante el fantasma de un golpe de Estado

Ante la gravedad de lo ocurrido en Corea y las constantes crisis del presidente en su hacienda de Córdoba, se tomó una decisión sin precedentes en la historia del periodismo colombiano. Los directores de los principales medios de comunicación de la época, conscientes del estado de Barco, decidieron realizar un pacto de silencio institucional.

Esta estricta censura voluntaria no se hizo para proteger la imagen del presidente, sino para salvaguardar la estabilidad de la República. En un momento donde el narcoterrorismo ponía bombas diariamente y las instituciones tambaleaban, revelar que el presidente no estaba en pleno uso de sus facultades mentales habría dejado al país en una vulnerabilidad absoluta. El vacío de poder —agravado por el hecho de que en ese entonces no existía la figura del vicepresidente— habría sido el escenario perfecto para un colapso institucional o, peor aún, para un inminente golpe de Estado por parte de sectores radicales. Por ello, la prensa prefirió callar y mantener la ficción de la normalidad presidencial.

¿Quién gobernaba realmente a Colombia?

Debido al aislamiento voluntario de Barco y su evidente deterioro, las riendas del Estado quedaron concentradas en un círculo cerrado de tecnócratas de extrema confianza, conocidos popularmente en los pasillos de la política como «El Sanedrín».

  • Germán Montoya: El secretario general de la Presidencia se convirtió, a efectos prácticos, en el «presidente en la sombra». Montoya filtraba el acceso al mandatario en su hacienda de Córdoba, coordinaba los consejos de ministros y tomaba las decisiones más críticas en la guerra contra el narcotráfico.
  • El equipo ministerial: Figuras jóvenes de la política asumieron un protagonismo inusual, asumiendo la vocería del Gobierno y ejecutando las políticas públicas para evitar que el Estado colapsara frente a las amenazas de las mafias.

El dato histórico: A pesar de este inverosímil escenario de secretismo médico, el periodo logró hitos institucionales de enorme calibre, como el histórico proceso de paz y la desmovilización de la guerrilla del M-19, así como el impulso de la «Séptima Papeleta» que daría origen a la Asamblea Nacional Constituyente de 1991.

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